Semanas horribles y domingos soleados

He tenido una semana horrible. Con todas las letras, de la h hasta la e, deteniéndose un poquito en cada una de ellas para saborear el gusto amargo de la palabra que componen. Una semana horrible, espantosa, una semana de mierda. Me he peleado con ella por activa y por pasiva cada día que pasaba, tratando de cambiar el modo en que se desarrollaban los acontecimientos, el modo en que cada cosa que pasaba parecía hacerme sentir peor. Ha sido en vano, claro. A un lunes torcido siguió un martes aún más torcido, y tras un miércoles relajado vinieron un jueves y un viernes en los que nada me salía bien y todo me salía mal, en los que me ahogué en un montón de vasos de agua y en los que cada mínimo detalle me crispaba, me ahogaba, me hacía sentir a disgusto. Pasé la mayor parte del sábado sentada en la cama, leyendo, evitando hacer absolutamente nada, por miedo a tratar de enfrentarme de nuevo a mi semana de mierda y volver a salir derrotada.

Esto no se lo he contado a casi nadie, claro. Tal vez a cuatro personas. Para el resto de gente con quien interactuo a diario, mi semana ha sido perfecta, maravillosa, como todas mis semanas. He tenido un montón de desayunos llenos de fresas y energías con decenas de likes en Instagram. He pasado horas trabajando en la biblioteca, con un montón de rotuladores de color rosa y una motivación infinita. He subido unas cuantas selfies en las que salgo monísima, sonriendo como si no pudiese estar más encantada con la vida. En mis redes sociales no hay ni rastro del agotamiento que he sentido durante estos días, del agobio, de las lágrimas, de la sensación de no poder más. No ha sido algo consciente, en absoluto. Supongo que simplemente he interiorizado que nadie quiere ver actualizaciones hablando sobre el frío que tengo por fuera y por dentro, sobre lo cansada que me siento, sobre cómo quiero echarme a llorar cada vez que me enfrento a la montaña de papeles que tengo que analizar.

Imaginad hasta que punto es tóxico esto que hago -que hacemos-, que en ocasiones, me encuentro a mí misma culpabilizándome por no ser el personaje que muestro al mundo en mis redes sociales. Me encuentro diciéndome a mí misma que por qué no trabajo con mas ganas, o al menos con tantas ganas como finjo hacerlo en Instagram. Me culpabilizo por, a la hora de la realidad, ser incapaz de estar fresca como una rosa a las 7 de la mañana, trabajar horas y horas seguidas de modo productivo y sintiéndome motivada, comer sano, tener la casa limpia, cuidar mi aspecto, hacer deporte, tener una vida social activa, desmaquillarme por las noches y dormir ocho horas. Todo a la vez, claro.

Hoy ha salido el sol, y yo he tenido un buen día. He ido al centro de Maastricht a dar un paseo y he estado disfrutando del cielo azul mientras sacaba fotos y escuchaba Red, de Taylor Swift, en mis auriculares. Por primera vez en la semana, me he sentido relajada, feliz, disfrutando del momento. He aprovechado para pensar, para poner en perspectiva los últimos días, para tratar de poner en orden esa nube gris que ha sido esta semana. He pensado que tal vez no sea tan raro, eso de tener días malos. Que probablemente todos los tengamos, y simplemente no se lo contemos a nadie.También he pensado que no es del todo sano, eso de meterlos debajo de la alfombra. De acabar creyéndote que todo ha sido siempre tan perfecto como muestra tu muro de Facebook. Y he decidido escribir este post, a modo de recordatorio, para dejar constancia de que mi semana ha sido horrible, y de que la próxima vez que tenga un día malo, espero no culpabilizarme por ello.

 

(Hoy, además de Taylor, ha sonado esta canción. Y ha sido amor.)

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Notas rápidas sobre el ‘no’ de Holanda al acuerdo de Asociación con Ucrania

Como muchos sabréis, ayer día 6 de abril se celebró en Holanda un referéndum sobre el acuerdo de asociación de la Unión Europea con Ucrania. Con una participación escasa – del 32.2%, siendo el mínimo para considerar la consulta válida del 30%-, la victoria ha sido rotunda para el ‘no’: un 61% de votantes se ha decantado por esta opción. ¿Significa esto que haya algún tipo de clamor social en Holanda en contra de que la UE tenga un acuerdo comercial con Ucrania? No necesariamente. La mayoría de analistas coinciden en que gran parte de los votantes han utilizado la ocasión para mostrar descontento en general con la UE, aprovechando el referéndum para dar alas al euroscepticismo. Tratemos de analizar algunos de los puntos clave.

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El acuerdo de asociación: ¿qué se estaba votando?

El referéndum de ayer pedía a los holandeses que se posicionasen con respecto al Acuerdo de asociación entre la Unión Europea y Ucrania. En líneas generales, dicho acuerdo, que ya había sido aprobado por el parlamento holandés, supone la apertura total de los mercados de bienes y servicios por ambas partes, creando así una zona de libre comercio. A cambio, Ucrania se compromete a luchar activamente contra la corrupción, así como a llevar a cabo una serie de reformas que aseguren el respeto los derechos humanos y libertades fundamentales. El acuerdo incluye también cooperación en otras áreas como energía, medio ambiente, transporte, lucha contra el cambio climático, servicios financieros, desarrollo agrario y rural, políticas marítimas y de pesca, protección al consumidor y sociedad civil. ¿Por qué un referéndum si el parlamento ya había dicho sí al acuerdo? Este surgió a raíz de una iniciativa ciudadana, que recogió en septiembre del año pasado más de 400.000 firmas, forzando así que se llevase a cabo la consulta. Los resultados del referéndum no son vinculantes, pero el parlamento sí debe tenerlos en cuenta (nadie sabe muy bien qué significa esto) si la participación supera el 30%, como ha sido el caso.

El debate sobre el referéndum, sin embargo, no ha estado centrado en el acuerdo. La tónica general en el país ha sido de desinterés hacia el mismo, salvo por parte de los euroescépticos, que han aprovechado la oportunidad para hacerse ver y movilizar al electorado por el ‘no’.La campaña por el ‘sí’ empezó tarde, de forma algo equívoca y sin llegar a tener demasiada fuerza ni marcar las reglas del juego o los temas a debatir. Durante las últimas semanas, ha sido relativamente común escuchar a gente que creía que el referéndum trataba sobre la entrada de Ucrania en la UE, sobre la concesión de innumerables ayudas financieras, sobre la concesión de visados a trabajadores ucranianos (la UE tiene conversaciones abiertas con Ucrania el respecto, pero esto no forma parte del acuerdo de asociación), e incluso sobre la accesión de Ucrania a la OTAN. Esta infografía que circulaba estos días por redes sociales resume bastante bien la confusión que había al respecto:

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¿Y ahora?

Juncker decía en enero que una victoria del ‘no’ podría desencadenar una crisis continental. Esperemos que este no sea el caso. De momento, Mark Rutte, el primer ministro holandés, ha declarado que los resultados hacen que el acuerdo no pueda seguir adelante sin condiciones. Sin embargo, si tenemos en cuenta que los votos han estado extremadamente condicionados por causas externas al acuerdo en sí, resulta bastante complicado pensar en qué partes del mismo se podrían cambiar para satisfacer las demandas de quienes han dicho ‘no’.

La conclusión más clara que se puede sacar del voto de ayer es, posiblemente, que los euroescépticos están muy bien organizados, saben hacer una campaña y han sabido marcar la agenda y salirse con la suya. La ausencia de un debate informado respecto a la temática del referéndum hace pensar que muy pocos votos tuvieron que ver con el acuerdo en sí, y que la mayoría de noes iban dirigidos a castigar al gobierno, a mostrar desacuerdo con las políticas de la UE, o a reivindicar una mayor participación ciudadana en la negociación de este tipo de acuerdos.

Sin embargo, ni la baja participación ni la movilización euroescéptica deberían hacernos ver este resultado como algo aislado y no representativo de la mayoría de la población. Los resultados de ayer son una muestra más de algunos de los problemas más graves a los que se enfrenta la Unión Europea a día de hoy: la desconexión entre instituciones y ciudadanos, la ausencia de un debate público informado sobre asuntos europeos, o la falta de respuestas reales desde Europa hacia las demandas de quienes ven en los partidos euroscépticos a los únicos que se preocupan por ellos. Independientemente de las acciones que se lleven a cabo a partir de ahora en lo que a las relaciones de la Unión con Ucrania se refiere, Europa se enfrenta a algo mucho más grave: si no se encuentra la manera de solucionar estos problemas, la UE seguirá estancada, incapaz de moverse hacia delante ni hacia atrás, incapaz de proveer soluciones eficientes que recuperen el respaldo de los ciudadanos. Los resultados de ayer deben servir como una llamada de atención a quienes creemos en el proyecto europeo, que no podemos, ni debemos, dejar que esta situación se haga permanente. Y es que sólo trabajando juntos, instituciones con ciudadanía, podremos avanzar.

Vivir en una burbuja

Para Noemí, que muy pronto encontrará ese hueco.

Me he mudado unas cuantas veces a lo largo de mis 26 años, y todas ellas han sido diferentes. La primera, aunque sólo a 50km de distancia de mi antigua casa–una hora de coche, la carretera es horrible- fue la más difícil de todas. Tenía 10 años, internet aún no era una parte importante de nuestras vidas y de repente habíamos dejado una ciudad para vivir en una casa aislada en medio de la nada. Todo era extraño, todo el mundo me miraba como si fuese una extraña, y probablemente lo era. Tranquilos, sobreviví los 8 años que estuve allí, y el a priori hándicap de vivir en medio de la nada hizo que sacase muy buenas notas, que leyese toneladas de libros y que entendiese lo maravillosos que son los gatos cuando necesitas compañía.

A los 18 me mudé a Coruña. Ya había vivido allí, ya tenía la mayor parte de mi vida social allí y, aun así, no podría decir que no fue un gran cambio. Cuando tienes 18 años y te has pasado gran parte de tu adolescencia haciendo deberes en tu cuarto mientras por la ventana sólo ves mucho verde y mucha lluvia, mudarte a una ciudad, por pequeña que sea esta, es un gran cambio. Durante el año que pasé en Coruña, me las arreglé para vivir todas aquellas experiencias de la adolescencia que aún no había vivido: me dio por vestirme de rapera para demostrar al mundo que era diferente, fui poquísimo a clase como forma de rebelarme contra mi yo empollona del pasado, salí de fiesta todo lo que puse e hice un montón de tonterías que no vienen a cuento. En Coruña empecé a descubrir la vida, el mundo que estaba ahí fuera.

El año siguiente me mudé a Bilbao, donde me instale durante cuatro años. Hice amigas rápido, me adapté a la ciudad. A su ritmo, a sus costumbres, a su gente. Los hice parte de mi vida, y cuando me hicieron un hueco, hice de ellos mi casa. Bilbao siempre será el lugar en que me enamoré por primera vez, entre litrona y litrona de kalimotxo en el bar de abajo de casa. Durante un tiempo, llegué a pensar que tal vez aquello era todo lo que quería. Que podría quedarme allí, alquilar un piso con mi novio de aquel entonces, buscar un trabajo y hacer de aquel sitio mi hogar para siempre. Por suerte, era 2012 y la crisis hizo imposible llevar a cabo aquellos planes. Hice las maletas y me fui a París.

Hemingway escribió una vez que ‘si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida’. París siempre, siempre, será parte de mí. Como la lluvia gallega, como los grelos, como contestar sin darme cuenta con otra pregunta. París. La ciudad más bonita del mundo. La ciudad en la que me hice mayor. La ciudad en la que vi cómo mi corazón se rompía y la ciudad en la que pegué aquellos pedacitos uno a uno. París siempre fue más que un mero telón de fondo, siempre fue más que un decorado, siempre tuvo un papel activo en las historias que fui escribiendo entre sus calles. En París conocí a algunos de los mejores amigos y amigas del mundo, personas que, como la ciudad, me acompañarán siempre. Personas que hicieron que nunca me sintiese sola, personas entre las que siempre tuve ese hueco que no siempre es fácil de encontrar. Entonces, un buen día, París y yo nos miramos a los ojos, y supimos que había llegado la hora de separarnos, al menos por un tiempo. Tras tres años allí, había entendido por fin quién era, quién quería ser. Y sabía que para serlo era necesario volar.

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Me fui de París en junio y, tras pasar el verano en casa de mis padres, me mudé a Maastricht en septiembre. Para cambiar de vida, otra vez. Maastricht es una ciudad gris, en la que llueve todo el rato y hace frío. Cierto, un par de días al mes, como hoy, me encuentro el cielo de color azul al mirar por la ventana y pienso, mientras pedaleo da camino hacia la universidad, que es maravillosa. Pero es probablemente la ciudad más fría, más árida a la que me he mudado, y esta vez no hablo de temperaturas. He conocido gente, gente genial. Me he reído delante de cafés y de cervezas y me lo he pasado como una niña pequeña discutiendo sobre asuntos relacionados con Europa con gente a la que le fascinan tanto como a mí. Pero aún no tengo un hueco. No me malinterpretéis, soy muy feliz en Maastricht. Me encanta lo que estudio, pasar los días en la biblioteca e incluso los paseos en bicicleta a un par de grados bajo cero. Pero a veces es imposible no echar de menos un abrazo cuando todo lo que tienes son relaciones cordiales que se quedan en eso, cordialidad.

Y llegamos al título del post. Vivir en una burbuja. Irte no siempre es fácil, irte tantas veces que ya no tienes muy claro dónde está tu casa, diría que menos. Cuando te pasas la vida de un lugar a otro, es inevitable tener a veces esa sensación, de la que ayer hablaba Noemí, de que el lugar del que vienes sigue adelante sin ti, mientras el lugar en el que estás aún no te ha acogido del todo. A veces necesitas una burbuja, una burbuja que te siga allá donde estés, que vaya cambiando contigo. Internet hace más fácil todo esto. A mí me tranquiliza, por ejemplo, saber que esté donde esté, sea la hora que sea, puedo abrir Twitter y leer a la misma gente de siempre haciendo las mismas bromas de siempre. Supone un punto fijo en mi vida. En mi burbuja, paso tantas horas hablando por Skype con mi novio que a veces tengo la sensación de que vivo con él en Estados Unidos. En mi burbuja, paso tanto tiempo leyendo sobre política en España, que a veces miro por la ventana y me extraña darme cuenta de que vivo en otro país.

Las burbujas, a veces, hacen que tu percepción de la realidad se distorsione, y no digo que vivir ajeno al mundo que físicamente te rodea sea algo positivo. Pero a veces, cuando te mueves tanto, tu burbuja es la única safe place en la que sentirte tranquilo cuando sientes que no perteneces al lugar en el que vives.

Se ha puesto a granizar mientras termino de escribir, y de repente parece que sea de noche. Me releo, y pienso que escribir esto es lo más terapéutico que he hecho en mucho tiempo. Pienso también que he tenido una suerte enorme de llamar a tantos lugares casa. De haber vivido todas estas vidas. De haber conocido personas increíbles, de tener más de una familia. De haberme forzado, de algún modo, a aprender a estar sola en un lugar, por todo lo que me ha enseñado de mí misma. De todas esas experiencias, que ahora forman parte de mí.
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