Días infinitos

Los días de finales de junio son infinitos en Galicia. Brilla el sol en el camping de mis padres y yo pienso que no puede haber un lugar mejor para disfrutar de esta época del año. Es pronto cuando me despierto, pero ya es de día y la luz comienza a subir, perezosa, mientras tomo mi té y me pongo al día de noticias y cotilleos.

Llevo cuatro días aquí y el tiempo no podría ser mejor. Horas vuelta y vuelta tumbada sobre el verde quemado, casi amarillo de la hierba. Ni una nube en el cielo, ni un ruido. Leo una novela de Ayn Rand y me chamusco feliz. Tengo el pelo mojado con olor a cloro bajo una gorra de un equipo ciclista para que no me de el sol en la cabeza y doy sorbos a un té helado con sabor a mango.

IMG_20150619_172237512

Esta mañana he cogido el coche sola tras un par de años sin hacerlo y me he sentido tontamente libre, mientras un disco de canciones de Disney sonaba a todo volumen y yo canturreaba feliz, a pleno pulmón, sin más motivo que el de canalizar todas las emociones positivas que se me agolpan dentro estos días.

Entre mail y mail mi futuro parece empezar a despejarse. Empezar un nuevo capítulo me provoca más ganas que miedo porque, pese al vértigo, sé que aquí y ahora es el momento. Desempaqueto las cajas de la mudanza y guardo los objetos de mi vida en París con esa sonrisa que da el saber que guardo en ellos el recuerdo de momentos inolvidables, pero también que era hora de cerrar aquella puerta.

IMG_20150619_230013114
Entrada la tarde, la terraza aún inundada por la luz sabe al bocadillo de la merienda mientras el sol empieza a bajar. Las flores reflejan la luz en sus colores, el cielo no podría ser más azul. Voy dando saltos de un lado para otro con mis chanclas rosa fucsia nuevas y paro para sentarme en el suelo y jugar con los gatos. Pienso que en dos días me lo voy a comer a besos y sé que no podría ser más feliz.

IMG_20150617_152249203_HDR

Caras conocidas, días que nunca se acaban, D’Artagnan ronroneando en mi regazo y esa sensación de paz absoluta de saber que estoy donde quiero estar, que voy donde quiero ir. Que vivan los días de finales de junio.

Venecia sabía a ti

Venecia sabía aquel domingo a gelato al cioccolato fondente y café espresso a orillas del Gran Canal. Tú y yo sonreíamos mirando un mapa, discutiendo sobre el estilo arquitectónico de San Simeone Piccolo, que a mí me recordaba a la Iglesia de San Carlos Borromeo en Viena,  y yo te hablaba distraída sobre la influencia que había tenido en el desarrollo del arte el papel de la ciudad como puerta comercial entre Oriente y Occidente,  que había hecho de la arquitectura de Venecia algo único por el modo en el que hacía confluir estilos.

IMG_2418

Venecia sabía al azul del cielo y del agua, al tono rosado y naranja de los edificios.  A una exposición de fotografía muy muy fea en un edificio muy muy bonito. A dejarnos enamorar por el estilo gótico de Santa Maria dei Frari, por el niño Jesús rechoncho de Bellini en la sacristía, por los cuadros de Viviani en los que todo el mundo parecía inflado como si tuviesen un ataque de alergia y sobre todo por Tiziano y su retablo representando a la familia Pesaro, en el que rompe con la composición tradicional de los cuadros religiosos.

Venecia sabía a besos en callejones sin salida mientras buscábamos el Gran Canal de nuevo. A probarnos máscaras de carnaval recordando un capítulo de Los Serrano y a entrar en mil tiendas llenas de cristales de colores. Al bolso de color rosa que me compré porque necesitaba más que nada en el mundo. A pizza sentados en un puente a orillas del río de S. Vio. A la planta octogonal, como una corona, de Santa Maria della Salute, construida en 1631 con motivo de la segunda epidemia de peste en la ciudad. A sentarnos bajo el sol en la Punta de la Dogana y recostarme contra ti mientras escribías en una postal con la Piazza San Marco a lo lejos.

IMG_2485

IMG_2533

Venecia sabía al café que tomamos al lado de aquella ventana con vistas a un puente, mientras yo sacaba fotos y tú volvías a escribir, capturando cada uno a su modo aquel instante.  A caminar poco a poco hacia San Marco, parándonos para tomar otro gelato, esta vez  de limón, sentados en un banco a orillas de un canal perdido. A hacer el bobo con unpaloselfie mientras mi móvil se empeñaba en cortarte la cabeza. A ver atardecer en el vaporetto y a esa foto en la que parezco Rose en Titanic –aunque seguro que ella estaba menos mareada-. Al paseo por Cannaregio mientras el Sol se ponía y tú y yo retrasábamos  la hora de irnos, reticentes ambos a coger aquel tren que nos alejase de los sabores de Venecia.

IMG_2658

Venecia nunca había sabido tanto a ti, y a mí, nunca, me había gustado tanto.

Cuatro meses más tarde

Hace cuatro meses que no subo nada a este blog. No si es mucho tiempo, si poco, si demasiado. Si me he quedado sin nada que decir o si simplemente me cuesta más darles forma. No he estado callada, he escrito #cosas sobre todo por aquí y por aquí. He estado viviendo, sonriendo, aprendiendo, disfrutando. Dos mil quince empezaba bonito, tan bonito como podía haber querido que empezase, y se está convirtiendo en un año lleno de cambios, de decisiones, de desprenderse un poco de miedos y atreverse mucho.

En los últimos meses,  he disfrutado de cada calle, cada esquina, cada rincón de París. He garabateado en libretas y  llenado la tarjeta de memoria de mi cámara a base de  instantes, de imágenes que fusionan paisajes con momentos que no tengo intención de olvidar. He aprendido que todo tiene solución frente a no sé cuántos litros de Devil’s beer y raciones de patatás bravás ytapás gourmandes. He escrito miles y miles de palabras  en cientos de mails que me sacaron alguna lágrima y no sé ya ni cuantas sonrisas. Me he re-encontrado con gente que llevaba demasiado tiempo lejos de mi vida y he aprendido, a buenas horas, que a veces está bien dar un abrazo y decir un te quiero sin necesitar motivos para ello. He encontrado a personas nuevas que parecen tener la intención de quedarse. Me he enamorado, por el camino, sin darme casi ni cuenta.

Y mientras hacía todo esto, pensaba en dónde estaba, en dónde quería estar, y me daba cuenta de que era hora de tomar una decisión.  A mediados de marzo dejaba mi trabajo, por un montón de razones, pero sobre todo porque no sentía que estuviese llevándome hacia donde quiero ir. En un mes dejaré París, aún no sé si definitiva o temporalmente, porque aún no sé muy bien qué pasará conmigo a partir de septiembre. De momento, mis planes a corto plazo pasan por pasar el verano en casa, disfrutando del siempre maravilloso verano gallego y su inigualable nivel de humedad.

Estoy poco, nada segura de qué voy a hacer con mi vida en unos meses y sin embargo, me siento tranquila, feliz, sosegada. De algún modo, tengo la sensación de por fin estar yendo a donde quiero ir, y de estar haciéndolo por un camino que no podría gustarme más. Que por mucho vértigo –no os imagináis cuánto- que me de dejar París, todo va a salir bien. Que a veces es tan sencillo como darte cuenta de que eres preciosa, de que puedes comerte el mundo, de que los problemas sin solución asustan menos cuando les echas la lengua que cuando dejas que puedan contigo.  Que todo es más fácil cuando te rodeas de las sonrisas más bonitas del mundo.

Prometo, prometo muchi, tratar de sacar un hueco más a menudo para contaros #cosas y teneros al día, sin que pasen cuatro meses hasta la próxima vez.