Mañanas hechas de poesía

Me he despertado pronto esta mañana, un par de horas antes de entrar a trabajar. He mirado mis redes sociales durante un buen rato mientras me desperezaba en la cama hasta que, finalmente, me he decidido a salir. Al mirar por la ventana aún quedaban restos de niebla y, sobre el seto que tengo frente a mi habitación, he visto una telaraña salpicada por minúsculas gotas de agua. De repente, todo lo que quería hacer era poner una lente macro a mi cámara y salir a fotografiarla. Dicho y hecho. Me puse una sudadera por encima del pijama, me calcé las primeras deportivas que vi y cogí la cámara dispuesta a entablar amistad con aquella telaraña. Por el camino me hice un té, por eso de que las mañanas son frías. Puse la taza sobre la mesa del jardín, me subí a una silla y empecé a disparar. 

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Hacía tiempo que no sacaba fotos. Entre el estrés de volver de París y el de irme a Maastricht, el trabajo, las visitas, el Tour, las cervezas, los helados y un largo etcétera había tenido poco tiempo para dedicarlo a estar a solas con mi cámara. Me notaba desgastada, no era capaz de hacer aparecer en la pantalla lo que mis ojos estaban viendo y, sin embargo, todo lo que quería hacer era disparar y ser capaz de transformar en una foto lo que para mí significaba aquel instante: mis ganas de hacer click reflejadas en cada gota de rocío.

Bajé de la silla y bebí algo de té, que ya no quemaba. Pensé que aún tenía tiempo y me apetecía seguir haciendo fotos, así que rodeé mi casa y me adentré en un prado que hay al otro lado de la carretera. Allí, las flores estaban aún cubiertas de rocío y no se escuchaba  ningún ruido más que el de los insectos -los grillos estaban despertando-, los pájaros y el viento. Apoyé mi taza de té sobre el suelo y, entre sorbo y sorbo fui dejádome atrapar por los colores de la naturaleza. No sabía qué hora era: había dejado el reloj y mi móvil en casa y poco me importaba estar allí unos minutos o unas horas: todo lo que quería era hacer míos aquellos colores, aquellos sonidos, aquel momento en el que sólo importaban mi cámara, mi taza de té y todas aquellas flores. 

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Mientras me dejaba conquistar por los arbustos, por los helechos, por poesía de las gotas de rocío dormidas sobre un diente de león, recordé por qué me gusta tanto la fotografía. Recordé esa sensación de estar a solas con dos realidades: la objetiva y la que ven mis ojos; mientras con cada click trato de fusionar la una con la otra. El primer rayo de sol de la mañana comenzó a asomar entre las nubes. Me senté en el suelo acabar mi té y sonreí. Sin haberlo planeado, mi mañana se había convertido en pura poesía. 

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Días infinitos

Los días de finales de junio son infinitos en Galicia. Brilla el sol en el camping de mis padres y yo pienso que no puede haber un lugar mejor para disfrutar de esta época del año. Es pronto cuando me despierto, pero ya es de día y la luz comienza a subir, perezosa, mientras tomo mi té y me pongo al día de noticias y cotilleos.

Llevo cuatro días aquí y el tiempo no podría ser mejor. Horas vuelta y vuelta tumbada sobre el verde quemado, casi amarillo de la hierba. Ni una nube en el cielo, ni un ruido. Leo una novela de Ayn Rand y me chamusco feliz. Tengo el pelo mojado con olor a cloro bajo una gorra de un equipo ciclista para que no me de el sol en la cabeza y doy sorbos a un té helado con sabor a mango.

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Esta mañana he cogido el coche sola tras un par de años sin hacerlo y me he sentido tontamente libre, mientras un disco de canciones de Disney sonaba a todo volumen y yo canturreaba feliz, a pleno pulmón, sin más motivo que el de canalizar todas las emociones positivas que se me agolpan dentro estos días.

Entre mail y mail mi futuro parece empezar a despejarse. Empezar un nuevo capítulo me provoca más ganas que miedo porque, pese al vértigo, sé que aquí y ahora es el momento. Desempaqueto las cajas de la mudanza y guardo los objetos de mi vida en París con esa sonrisa que da el saber que guardo en ellos el recuerdo de momentos inolvidables, pero también que era hora de cerrar aquella puerta.

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Entrada la tarde, la terraza aún inundada por la luz sabe al bocadillo de la merienda mientras el sol empieza a bajar. Las flores reflejan la luz en sus colores, el cielo no podría ser más azul. Voy dando saltos de un lado para otro con mis chanclas rosa fucsia nuevas y paro para sentarme en el suelo y jugar con los gatos. Pienso que en dos días me lo voy a comer a besos y sé que no podría ser más feliz.

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Caras conocidas, días que nunca se acaban, D’Artagnan ronroneando en mi regazo y esa sensación de paz absoluta de saber que estoy donde quiero estar, que voy donde quiero ir. Que vivan los días de finales de junio.

Venecia sabía a ti

Venecia sabía aquel domingo a gelato al cioccolato fondente y café espresso a orillas del Gran Canal. Tú y yo sonreíamos mirando un mapa, discutiendo sobre el estilo arquitectónico de San Simeone Piccolo, que a mí me recordaba a la Iglesia de San Carlos Borromeo en Viena,  y yo te hablaba distraída sobre la influencia que había tenido en el desarrollo del arte el papel de la ciudad como puerta comercial entre Oriente y Occidente,  que había hecho de la arquitectura de Venecia algo único por el modo en el que hacía confluir estilos.

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Venecia sabía al azul del cielo y del agua, al tono rosado y naranja de los edificios.  A una exposición de fotografía muy muy fea en un edificio muy muy bonito. A dejarnos enamorar por el estilo gótico de Santa Maria dei Frari, por el niño Jesús rechoncho de Bellini en la sacristía, por los cuadros de Viviani en los que todo el mundo parecía inflado como si tuviesen un ataque de alergia y sobre todo por Tiziano y su retablo representando a la familia Pesaro, en el que rompe con la composición tradicional de los cuadros religiosos.

Venecia sabía a besos en callejones sin salida mientras buscábamos el Gran Canal de nuevo. A probarnos máscaras de carnaval recordando un capítulo de Los Serrano y a entrar en mil tiendas llenas de cristales de colores. Al bolso de color rosa que me compré porque necesitaba más que nada en el mundo. A pizza sentados en un puente a orillas del río de S. Vio. A la planta octogonal, como una corona, de Santa Maria della Salute, construida en 1631 con motivo de la segunda epidemia de peste en la ciudad. A sentarnos bajo el sol en la Punta de la Dogana y recostarme contra ti mientras escribías en una postal con la Piazza San Marco a lo lejos.

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Venecia sabía al café que tomamos al lado de aquella ventana con vistas a un puente, mientras yo sacaba fotos y tú volvías a escribir, capturando cada uno a su modo aquel instante.  A caminar poco a poco hacia San Marco, parándonos para tomar otro gelato, esta vez  de limón, sentados en un banco a orillas de un canal perdido. A hacer el bobo con unpaloselfie mientras mi móvil se empeñaba en cortarte la cabeza. A ver atardecer en el vaporetto y a esa foto en la que parezco Rose en Titanic –aunque seguro que ella estaba menos mareada-. Al paseo por Cannaregio mientras el Sol se ponía y tú y yo retrasábamos  la hora de irnos, reticentes ambos a coger aquel tren que nos alejase de los sabores de Venecia.

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Venecia nunca había sabido tanto a ti, y a mí, nunca, me había gustado tanto.