Vai de morto quen non foi de vivo

Cuenta la leyenda que el santuario de San Andrés nace tras el naufragio de la barca del santo en los acantilados de Teixido, quedando convertida en el peñasco llamado A barca de San Andrés y dando lugar a los orígenes del pequeño pueblo que ahora conocemos. Cuando Dios fue a visitarlo para conocer el lugar, se sorprendió al encontrar a San Andrés triste y compungido. Le preguntó cuál era el motivo de su desdicha, a lo que el santo contestó que estaba apenado porque todos los peregrinos que se acercaban a aquel lugar del mundo se dirigían a Santiago, pero nadie iba a verlo a él. Tras reflexionar, Dios decidió prometer a San Andrés que, a partir de aquel momento, todas las personas del mundo irían en algún momento a San Andrés: los que no fuesen de vivos lo harían tras su muerte. Es por este motivo que, cuando visitamos san Andrés, tenemos que tener mucho cuidado de no matar a ningún insecto ni animalito, porque podría contener el alma de alguien que no tuvo la oportunidad de ir de vivo. Como dice el dicho popular: A San Andrés de Teixido, vai de morto quen non foi de vivo.

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San Andrés de Teixido se encuentra en la Sierra de la Capelada, a unos 12 kilómetros del pueblo de Cedeira, conocido por su marisco y sobre todo por sus percebes. En el pueblo encontraréis numerosos puestos –el lugar se ha ido volviendo cada vez más turístico con los años- en los que se venden, entre otras cosas, las figuritas de pan que representan al santo, su barca, una flor, una mano y un pez y que sirven a modo de amuleto para quienes se hagan con ellos. Otro imprescindible es la herba de namorar, de la que se dice que hará caer rendido a tus pies a quien le metas un pedacito en el bolsillo.

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 Entre Cedeira y Cariño se encuentra la ruta de los miradores, desde la que en los días de sol se puede disfrutar de unas vistas inigualables de los acantilados más altos de Europa Continental (de hasta 612 metros). Como curiosidad, fue frente a estos acantilados que murió Leslie Howard (el amado Ashley, oh, Ashley, de Escarlata O’Hara) al caerse el avión en el que viajaba en 1943, supuestamente regresando de hacer una misión en nombre del gobierno británico.  En uno de los miradores de la ruta hay una placa conmemorativa de la historia.

Eso sí: cuidado con el tiempo si visitáis la zona… podéis tener la mala suerte de encontraros con un día como el que me tocó a mí ayer y no poder ver ABSOLUTAMENTE NADA por culpa de la niebla. 

 

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Lunes

Dicen las revistas y los libros de autoayuda que no hace falta que esperar a que sea lunes para empezar con algo, que cualquier día es bueno. Y sin embargo, yo sigo fiel a los lunes, que siempre me saben a nuevo: a proyetos que comenzar, a propósitos que tratar de cumplir, a página en blanco y lápices de colores sin estrenar.

El día empieza pronto, a eso de las 7:20 por culpa de -o tal vez gracias a- la luz que se cuela por la ventana. Me he despierto sin sueño y empiezo a dar vueltas en la cama mientras miro mi bandeja de entrada. ¿Sabéis que hay empresas que consideran apropiado mandar facturas a las 1:45 de la madrugada de un lunes y que, al parecer, la ley no dice nada al respecto? Me levanto y salgo de casa sin hacer ruido, mis padres aún duermen. Silencio. Lo llamo para darle los buenos días, que para él son las buenas noches y pongo cara de tonta mientras paseo sobre la hierba aún mojada.

Vuelvo a casa y me siento en la cama. Es pronto aún y no trabajo hasta las 11:30. Leo un artículo sobre por qué los bebés en el arte eran tan feos antes del Renacimiento y me acuerdo de un bebé horrible que hay en un retablo de Santa Maria dei Frari, en Venecia. Sonrío. Me hago un café gigante. Tres tostadas con mantequilla y mermelada de albaricoque. Leo otro artículo, esta vez sobre Cecil el león. Sigue siendo pronto. Me visto, me pongo mis deportivas rosas y me dirijo hacia el río que está cerca de mi casa.

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IMG_3385Bajo por el camino dando saltos como una niña pequeña, aprovechando que nadie me ve. Me río a carcajadas en voz alta. Tarareo un remix de Divina, de Radio Futura con Cenicienta, de Fórmula V. Vuelvo a reírme a carcajadas. Doy más saltos cuesta abajo.Qué maravilla, eso de disfrutar con cualquier tontería. Me siento feliz: por todo, por nada, feliz. Es posible que si alguien me viese por agujerito pensase que soy rematadamente estúpida, pero qué feliz me siento. Me desvío del camino antes de llegar al río y bajo monte a través hacia una cascada escondida. Voy agarrándome a las ramas para no resbalar por culpa del musgo que cubre las piedras. Llego a mi destino con los pies llenos de tierra y me siento en lo alto de la cascada a sacar fotos, a contar las tonalidades de verde que me rodean, a mirar el pedacito azul de cielo que asoma entre los árboles. Paso un buen rato así, saltando de piedra en piedra, escuchando el agua caer. Click, click, click.

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Sigo canturreando. Sigo sonriendo. Sigo sacando fotos. Paseo por la orilla. Llevo veinte años viniendo a este lugar y lleva veinte años igual de bonito. Se me olvida mirar el reloj y se me hace algo tarde. Estoy sentada en un puente y miro el agua pasar. Click, click, click. Emprendo el camino de vuelta cuesta arriba. Voy rápido, que parezca que he estado haciendo deporte. Encuentro un montón de zarzas llenas de moras, muchas de ellas ya maduras. Me lleno las manos de ellas y pienso que me importa poco mancharme.

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Llego a casa. Es lunes. La página de la semana ya no está en blanco, pero me encanta lo que estoy escribiendo en ella.


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Mañanas hechas de poesía

Me he despertado pronto esta mañana, un par de horas antes de entrar a trabajar. He mirado mis redes sociales durante un buen rato mientras me desperezaba en la cama hasta que, finalmente, me he decidido a salir. Al mirar por la ventana aún quedaban restos de niebla y, sobre el seto que tengo frente a mi habitación, he visto una telaraña salpicada por minúsculas gotas de agua. De repente, todo lo que quería hacer era poner una lente macro a mi cámara y salir a fotografiarla. Dicho y hecho. Me puse una sudadera por encima del pijama, me calcé las primeras deportivas que vi y cogí la cámara dispuesta a entablar amistad con aquella telaraña. Por el camino me hice un té, por eso de que las mañanas son frías. Puse la taza sobre la mesa del jardín, me subí a una silla y empecé a disparar. 

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Hacía tiempo que no sacaba fotos. Entre el estrés de volver de París y el de irme a Maastricht, el trabajo, las visitas, el Tour, las cervezas, los helados y un largo etcétera había tenido poco tiempo para dedicarlo a estar a solas con mi cámara. Me notaba desgastada, no era capaz de hacer aparecer en la pantalla lo que mis ojos estaban viendo y, sin embargo, todo lo que quería hacer era disparar y ser capaz de transformar en una foto lo que para mí significaba aquel instante: mis ganas de hacer click reflejadas en cada gota de rocío.

Bajé de la silla y bebí algo de té, que ya no quemaba. Pensé que aún tenía tiempo y me apetecía seguir haciendo fotos, así que rodeé mi casa y me adentré en un prado que hay al otro lado de la carretera. Allí, las flores estaban aún cubiertas de rocío y no se escuchaba  ningún ruido más que el de los insectos -los grillos estaban despertando-, los pájaros y el viento. Apoyé mi taza de té sobre el suelo y, entre sorbo y sorbo fui dejádome atrapar por los colores de la naturaleza. No sabía qué hora era: había dejado el reloj y mi móvil en casa y poco me importaba estar allí unos minutos o unas horas: todo lo que quería era hacer míos aquellos colores, aquellos sonidos, aquel momento en el que sólo importaban mi cámara, mi taza de té y todas aquellas flores. 

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Mientras me dejaba conquistar por los arbustos, por los helechos, por poesía de las gotas de rocío dormidas sobre un diente de león, recordé por qué me gusta tanto la fotografía. Recordé esa sensación de estar a solas con dos realidades: la objetiva y la que ven mis ojos; mientras con cada click trato de fusionar la una con la otra. El primer rayo de sol de la mañana comenzó a asomar entre las nubes. Me senté en el suelo acabar mi té y sonreí. Sin haberlo planeado, mi mañana se había convertido en pura poesía. 

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