La paradoja de querer imponer la libertad

Las últimas semanas se han sucedido con un run run de fondo. Un run run que ha mezclado burkinis, mujeres compitiendo cubiertas por un velo en los Juegos Olímpicos, feminismo, y opresión, creando una amalgama de conceptos no siempre fácil de desenmarañar. Un run run en el que por desgracia he escuchado y leído a muchos hombres occidentales hablar sobre cómo deben sentirse libres las mujeres musulmanas, pero a muy pocos preguntar su opinión a las susodichas. En este run run, las posturas de debate y opinión saltaban del blanco al negro olvidando la existencia de los grises, haciendo casi imposible defender la libertad de elección de las mujeres (en este caso, su derecho a vestirse -o no hacerlo- como más cómodas se sientan), y al mismo tiempo rechazar una cultura que nos oprime y relega a una posición secundaria, inferior en la sociedad: o estabas con ellos o estabas contra ellos, sin medias tintas.

Soy feminista. Creo que hombres y mujeres debemos tener los mismos derechos, e insisto en indignarme cuando veo que algunos se empeñan en seguir tratando a las mujeres como ciudadanas de segunda. Como feminista, soy consciente de los peligros que el multiculturalismo puede acarrear para las mujeres. Por ello, estoy radicalmente en contra a nivel normativo – en la práctica, claro, todo es matizable- de que los grupos minoritarios dentro de una sociedad puedan imponer normas a sus miembros, sin que éstos tengan derecho a decidir si desean o no ser sujetos a las mismas.

Además de feminista, también soy liberal. Tranquilos: no me refiero a liberal de las que comen niños mientras fantasean sobre los mercados, sino a liberal de las que consideran que el estado debe ser lo más neutral posible con respecto al modo en que los ciudadanos decidan vivir sus vidas.  No creo que existan preferencias normativamente superiores a otras, y me cuesta creer que exista tal cosa como un bien común: asumo que lo máximo a lo que podemos aspirar es a desarrollar nuestras preferencias sin hacernos excesivo daño los unos a los otros. Además, creo firmemente que el estado debe ser laico, que la religión debe estar reducida a la esfera privada y personal de cada uno, y que el estado tiene el deber de minimizar el impacto de la religión en las oportunidades vitales de sus ciudadanos.

Como feminista, me genera desconfianza ver que una mujer se cubre. No puedo evitar ver el yihab acompañado por una connotación de desigualdad de género contra la que creo firmemente que hay que luchar. Pero lo que me disgusta, sobre todo, es la idea de que existan mujeres cubiertas que no hayan tenido la oportunidad de decidir si deseaban o no portar un velo.

Sin embargo, prohibir que una mujer se cubra*, o negar de forma absoluta la posibilidad de que existan mujeres que han decidido cubrirse, me genera al menos tanto rechazo como el hecho de ver una mujer cubierta. Al igual que en el caso anterior, la causa está en gran parte en la connotación que acarrea dicha actitud, una connotación de menosprecio hacia aquellas preferencias diferentes, que son vistas como inferiores. Así, se termina por justificar en nombre de la libertad el cambio de una imposición -la de su cultura- por otra -la de adoptar nuestro modo de vida-, negando así la capacidad para decidir por sí mismas a aquellas mujeres que han decidido cubrirse.

Considero que el estado debería hacer todo lo posible por asegurar que todas y cada una de las mujeres cubiertas lo están porque es su decisión: la esencia de un estado laico y neutral no reside en mirar hacia otro lado, sino en asegurar que la religión, la cultura y otros componentes externos no interfieran de forma negativa en las oportunidades y derechos de los ciudadanos.

Pero no creo en imponer. No creo en visiones liberadoras que cambian la imposición de una determinada sumisión por lo que algunos parecen entender como una visión monolítica de la libertad. No veo justificación posible a criminalizar y estigmatizar una determinada expresión de cómo algunos han decidido vivir su vida en base a una supuesta ofensa. No encuentro ofensa en una prenda de ropa, ni en ninguna otra manifestación cultural que no haga daño a nadie, siempre y cuando la persona que porta dicha prenda sea quien ha elegido llevarla.

Para mí, no se trata de estar “a favor” o en contra del burkini, un marco que no lleva a ningún sitio. Se trata de estar a favor o en contra de que las mujeres seamos ciudadanas de primera y podamos decidir, sea cual sea nuestra cultura o religión.

Me niego a que se me tache de menos feminista por creer que sí, que las mujeres somos personas, y que como personas tenemos la capacidad y el derecho de decidir, aunque no todas decidamos lo mismo. Me niego a que se me tache de menos feminista por no querer imponer a otra mujer cómo debe sentirse libre, por entender que cada persona es diferente y tenemos diferentes maneras de sentirnos realizadas. Me niego a recibir lecciones de quien desea la libertad de las mujeres, pero considera irrelevante preguntarles su opinión sobre el modo en que quieren vivir sus vidas.

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* Al hablar de cubrirse en este contexto, me refiero a quienes abogan por la prohibición del burkini, o de no dejar participar a atletas olímpicas con velo, y no de velos que cubran el rostro, que creo que son discusiones diferentes.  

Una (no tan) breve historia de la identidad europea

Vivimos tiempos en los que Europa está, más que nunca, en el centro del debate político. Asuntos como el modo en que la crisis de los refugiados y los ataques terroristas replantean la cuestión de las fronteras, o el impacto de la crisis griega sobre la sostenibilidad del Euro,  hacen que los interrogantes sobre el rumbo que debería tomar la Unión Europea estén presentes, de forma constante, en el día a día de los ciudadanos europeos. Sin embargo, es difícil dar respuesta a las preguntas que miran hacia el futuro sin estudiar primero el pasado. Entender el significado de Europa, de las piezas que forman la identidad europea común, es un paso previo imprescindible para dar respuesta a la cuestión de hacia dónde nos dirigimos.

Una primera intuición podría situarnos en una concepción de Europa  como reencarnación de la civilización grecorromana, que comienza a recuperarse tras los oscuros años de la Edad Media en el Renacimiento y florece entonces, liberada del yugo de la religión y alentada por la Ilustración y la Revolución Francesa hasta nuestros días. El objetivo de este artículo no es otro que el de plantear una alternativa a esta idea, señalando la importancia para la identidad europea de elementos como la religión, las Cruzadas, el odio al Islam en la Edad Media o el sentimiento de superioridad con respecto a los habitantes de las colonias a partir del siglo XVI.

Europa y la Antigüedad

Griegos y romanos no se sentían especialmente europeos: sus civilizaciones eran mediterráneas, y Europa era para ellos un concepto geográfico y vago, raramente utilizado. El centro de sus mundos se situaba mucho más al sudeste de lo que nosotros entendemos por la Europa actual y sus objetivos de expansión pasaban por el universalismo de sus civilizaciones, no por el continente europeo. Como apunta Gerard Delanty en su libro Inventing Europe, durante la época de dominio romano el choque cultural para los habitantes del Imperio era posiblemente menor con los pueblos situados al este de sus fronteras que con los bárbaros del norte de los Alpes. Muchos son los elementos de las civilizaciones clásicas que han llegado hasta nuestros días, determinando no pocos aspectos de la sociedad occidental actual, pero uno parece haber sido clave en la construcción de la identidad europea: fue el Imperio Romano el que hizo del cristianismo una religión universal.

Las religiones mistéricas formaban parte de la sociedad romana en el momento en que apareció el cristianismo: la religión tradicional romana, explica Anthony Alcock, no rellenaba los vacíos del alma, y los ciudadanos recurrían a otros cultos con este fin. Sin embargo, se trataba normalmente de religiones no exclusivas, que permitían la combinación de cultos y no interferían con la doctrina institucional. Esto cambia radicalmente con el cristianismo, que añadía el factor monoteísta y exclusivo que no tenían las otras religiones de misterio. ¿Por qué se expandió el cristianismo cómo no lo había hecho ningún otro culto? De nuevo Alcock apunta a factores como el hecho de que el mensaje de Jesús fuese un mensaje de caridad, solidaridad y esperanza para todos y no sólo para unos pocos, así como el hecho de que los primeros cristianos fuesen agresivamente evangélicos. Esto, junto con las facilidades provistas por la existencia de una lingua franca –el griego, en este caso- y por las infraestructuras de comunicaciones del Imperio hizo que fuese fácil para esta religión extenderse, primero entre los estratos más pobres de la sociedad y poco a poco penetrando todas las clases sociales.

El cristianismo llegará a ser la religión oficial del Imperio en el año 391, en que el emperador Teodosio declara ilegal el paganismo. Sin embargo, la clave para nosotros la encontraremos durante el mandato de Constantino, que si bien no hizo del cristianismo la religión oficial, sí la trató como su favorita: emitió en el año 313 el Edicto de Nicea, que permitía a los cristianos practicar su culto sin ser perseguidos. Además, medidas como la exención de impuestos a la Iglesia, o la introducción de altos cargos de la misma entre los mandatarios del Imperio hizo que la Iglesia penetrase en el palacio y los altos rangos del ejército: el cristianismo ya no era solo la religión de las clases pobres. Constantino también marcó la historia al mover la capital del Imperio a Bizancio, algo que acabará marcando la dicotomía Este-Oeste en la que se fundamentará la identidad Europea: a través de una serie de conflictos que ocuparía demasiado detallar, se iniciará una tendencia de separación entre Oriente y Occidente por la cual Estado y religión irían de la mano en el Imperio Bizantino, en el que el emperador pasará a ser la personificación de Cristo en la Tierra; mientras en Occidente se instaurará la máxima de al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios: Estado e Iglesia nunca llegarán a aunarse.

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La Identidad Europea y la Edad Media

Es en la Edad Media, época percibida a veces de forma oscura en comparación con la Antigüedad clásica, cuando se forjan las bases de la actual Europa bajo el dominio de dos poderes esenciales: la Iglesia y el Sacro Imperio Romano. Europa comienza la Edad Media fragmentada, desunida, débil y atrasada con respecto al resto del mundo. Estos factores permitieron al continente liberarse de la lacra del dominio imperial y, como apunta Geoffrey Barraclough, el hecho de que nunca un único poder pudiese controlar el continente acabó suponiendo una ventaja a largo plazo. Mientras tanto, también el concepto geográfico de Europa comenzaba a cambiar, desplazándose hacia el noroeste del continente gracias, por una parte, a la conversión de los pueblos escandinavos al cristianismo; por otra, al avance islámico conquistando casi el total de la Península Ibérica.

Para algunos, la coronación de Carlomagno en el año 1000 como emperador del Sacro Impero Romano supuso el nacimiento de la primera Europa. Es cierto que los límites del Imperio correspondían significativamente con los de la CECA en 1951, así como que dotó de las primeras instituciones y homogeneidad cultural al territorio. Sin embargo, la supuesta unidad venía impuesta desde arriba, y territorios clave quedaban fuera del Imperio. La unidad provista por la Iglesia no era política, pero sí comenzaba a ser una unidad en términos de civilización: la Iglesia de la Edad Media dio homogeneidad cultural a una Europa de diferentes territorios soberanos. Trajo instituciones como los monasterios cluniacenses y cistercienses, las universidades o el papado, que eran las mismas en todos los lugares del continente y, sobre todo, fue en su nombre en el que se llevó a cabo la primera acción unida europea: Las Cruzadas. Estas supusieron el comienzo de la identificación de Europa con la Cristiandad occidental y dieron lugar a la noción de otredad encarnado en este caso en el islamismo: la existencia de un enemigo común fue clave en la construcción de una identidad unitaria.

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Renacimiento, Reforma y Revolución Científica

Una serie de eventos sucedidos en los siglos XVI y XVII llevaron a la aparición de la idea de Europa como valor no sólo geográfico sino también cultural: a partir del siglo XVI, Europa comenzará a identificarse con la identidad secular de la cristianad, que ya no es capaz de unir al continente de forma cohesionada. Varias fueron las claves que determinaron este hecho: aquí nos centraremos en la Revolución Científica, la Reforma y la era de los descubrimientos.

La Revolución Científica se sitúa como uno de los puntos más importantes de la historia del continente europeo por la globalidad de su alcance y, en nuestro caso, por su papel en la secularización del modo en que las personas percibían la realidad. No solo dio lugar a los avances en tecnología que, junto con otros factores, sentaron las bases de la Revolución Industrial. La obra de Nicolás Copérnico (1473-1543) y Galileo Galilei (1564-1642) fue clave  para una nueva visión del mundo en la que el ámbito de lo real, que podía ser explicado con leyes racionales, estaba cada vez más alejado del mundo de lo invisible. Como explica Peter Rietbergen en su libro Europe- a Cultural History, la explicación empírica y racional del mundo comenzó a dirigir el modo en que las personas se percibían a sí mismas y su posición en el universo.

La Reforma protestante, iniciada en 1517 con la publicación de las 95 Tesis de Martín Lutero supondrá por su parte una ruptura dentro del propio cristianismo, dividiendo Europa en católicos y protestantes y haciendo que la Iglesia romana deje de ser el principal elemento cohesionador del continente. Es en este momento en que la idea de Europa emerge para sustituir el concepto de cristiandad, si bien los valores que representa, la identidad cultural  inherente al término seguirá estando basado en el cristianismo. Según las teorías de Max Weber, la Reforma también influirá en la identidad europea al sentar las bases de uno de los elementos claves de la transición hacia una sociedad moderna en el continente: el desarrollo del capitalismo. Para Weber, el protestantismo, y en especial la doctrina calvinista sentaron las bases del capitalismo moderno, al incentivar una vida de trabajo y sacrificio que los calvinistas canalizaron invirtiendo y emprendiendo, abrazando la cultura de la búsqueda del trabajo rutinario y del logro de pequeños beneficios a lo largo de muchas operaciones.

Por último, la era de los descubrimientos fue uno de los pilares que situaron a Europa a la cabeza del mundo a partir del siglo XVIII, al traer consigo la acumulación de capital que posteriormente hizo posible la Revolución Industrial. En el contexto de la identidad europea, fue fundamental a la hora de trasladar la idea del ‘Otro’: a partir del siglo XVI, la dicotomía Cristianismo-Islam fue sustituida por la de Civilización-Barbarismo, sobre todo tras la victoria frente a los turcos en la batalla de Lepanto (1571), que permitió que Europa pudiese mirar hacia el Oeste. Así, comenzó a tomar forma la idea de Europa como sinónimo de civilización en contraste con el barbarismo de los habitantes de las colonias.

La idea de Europa y la sociedad moderna

Todos los elementos que acabamos de mencionar – los avances de la Revolución Científica, así como la sistematización de las invenciones, el capital de las colonias, o la ética protestante- fueron cruciales a la hora de determinar que fuese en Europa donde tuvo lugar la Revolución Industrial. El posterior proceso de industrialización del continente dio lugar al cambio de una sociedad agraria y tradicional a una sociedad moderna, transformando consigo no sólo la economía y el modelo de producción, sino también la estructura social de los países industrializados. Mucho se podría decir sobre las consecuencias de la industrialización, pero, ¿cuáles afectaron realmente a la identidad europea? En su libro La riqueza y la pobreza de las naciones, David Landes  señala cómo, a lo largo del siglo XIX, y a la vez que el mundo moderno se vuelve cada vez más homogéneo, la distancia entre ganadores y perdedores se hace cada vez mayor, dando lugar a un mundo fragmentado. En esta fragmentación, Europa emerge una vez más como el continente civilizado, superior. La superioridad económica servirá para legitimar los valores y la cultura europeos como universales.

La Revolución Industrial no fue el único determinante de la transición a una sociedad moderna en Europa: como señala Delanty, las ideas de la Revolución Francesa (1789) pronto se extendieron a lo largo del continente dando lugar a un movimiento global contra el Antiguo Régimen. El siglo XIX asistió a una serie de revoluciones –concentradas en los años 1830 y 1848- que dieron lugar al hecho de que a finales de siglo la mayor parte de países del continente estuviesen gobernados de forma constitucional. Los habitantes de Europa dejaron poco a poco de ser súbditos para convertirse en ciudadanos.

No sólo la economía estaba cambiando: también lo hacía la sociedad. La población creció de forma masiva a lo largo del siglo XIX, la esperanza de vida aumentó y asistimos a una urbanización cada vez más importante. Como causa de este proceso, las unidades tradicionales con las que las personas solían identificarse comienzan a no ser capaces de cumplir este cometido de cohesión. Este es el motivo que da lugar, según autores como Ernest Gellner  o Eric Hobsbawm, al alza del nacionalismo y de las naciones como nuevo elemento con el que las personas están dispuestas a identificarse. A lo largo del siglo, el nacionalismo se convierte en una herramienta de los estados europeos para aunar a sus ciudadanos, provocando que la identidad europea se vea fragmentada y subordinada a los intereses de los mismos. Paradójicamente, el detonante de esta tendencia lo encontramos también en la Revolución Francesa: tanto Delanty como John Plamenatz señalan las guerras napoleónicas como clave para que el resto de estados europeos sintiesen sus culturas amenazadas por la expansión francesa, desarrollando la ideología nacionalista.

El papel del imperialismo

Hemos destacado ya la importancia del papel del ‘Otro’ a lo largo de la historia de la formación de la identidad europea. En el siglo XIX, esta otredad se verá reflejada en la dominación por parte de unos pocos países europeos sobre el resto del mundo: Europa pasa a representar el orden y la pureza moral contra el caos y oscuridad de territorios como África. A través de este proceso imperialista, el capitalismo y modelo de vida burgués se convertirán en el único modelo de modernización considerado operacional. El sistema cultural europeo, sus valores, modelo de producción e ideas se ven elevados a un carácter universal al ser trasladados a las colonias.

El Imperialismo muestra el modo en que la raza se sitúa como un elemento esencial en la idea de Europa. Corrientes como el darwinismo social dan forma a la justificación de la dominación ejercida sobre las colonias: la raza blanca se posiciona como superior frente al resto. En este contexto, las colonias necesitan a Europa porque no son capaces de gobernarse ni de progresar por sí mismas: es la carga del hombre blanco, su obligación de civilizar el mundo desde la superioridad. De este modo, la figura de Oriente como representación de los territorios sometidos se construye de modo que estos existan para ser dominados por Occidente. Es la tesis defendida por Edward Said en su libro Orientalism: la definición del Oriente construida por Occidente acaba por definir la visión de ambas partes, dando así por garantizada la dominación occidental del mundo.  El imperialismo puede verse por una parte como una competición entre naciones-estado que alienta el nacionalismo, pero por otra como un elemento cohesionador en Europa, al dar supremacía a la raza europea. La conclusión de Delanty es rotunda: la identidad europea en el siglo XIX surge del racismo, la violencia y el colonialismo.

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Cristianismo, racismo e ideas universales

Las primeras décadas del siglo XX sacuden Europa. La decadencia del poder colonial junto con la Revolución Rusa de 1917 hacen que el papel del ‘Otro’ se traslade de las colonias al fantasma del comunismo: la identidad europea quedará marcada por el miedo a una posible revolución. Por otra parte, el enorme impacto de las guerras mundiales mostrando lo que se ha denominado la doble cara de la modernidad significa para autores como Zygmunt Bauman que tal vez el proceso civilizatorio que algunos daban por culminado con la sociedad occidental no ha sido suficiente, que Occidente necesita más civilización. Para Delanty, el período de entreguerras hace surgir una identidad europea del pesimismo cultural y la decadencia, una identidad en la que el fascismo y el racismo no son coyunturales sino una parte integral de la experiencia europea.

A lo largo de estas líneas, se ha enfatizado el papel del ‘Otro’ en la construcción de la identidad europea, el fuerte componente del racismo, el papel de Europa como identidad secular del cristianismo o la universalización de los valores occidentales. En definitiva, la idea de que Europa es más que Grecia, Roma, Renacimiento e Ilustración. Porque sólo conociendo de dónde venimos, será posible decidir a dónde vamos.

Semanas horribles y domingos soleados

He tenido una semana horrible. Con todas las letras, de la h hasta la e, deteniéndose un poquito en cada una de ellas para saborear el gusto amargo de la palabra que componen. Una semana horrible, espantosa, una semana de mierda. Me he peleado con ella por activa y por pasiva cada día que pasaba, tratando de cambiar el modo en que se desarrollaban los acontecimientos, el modo en que cada cosa que pasaba parecía hacerme sentir peor. Ha sido en vano, claro. A un lunes torcido siguió un martes aún más torcido, y tras un miércoles relajado vinieron un jueves y un viernes en los que nada me salía bien y todo me salía mal, en los que me ahogué en un montón de vasos de agua y en los que cada mínimo detalle me crispaba, me ahogaba, me hacía sentir a disgusto. Pasé la mayor parte del sábado sentada en la cama, leyendo, evitando hacer absolutamente nada, por miedo a tratar de enfrentarme de nuevo a mi semana de mierda y volver a salir derrotada.

Esto no se lo he contado a casi nadie, claro. Tal vez a cuatro personas. Para el resto de gente con quien interactuo a diario, mi semana ha sido perfecta, maravillosa, como todas mis semanas. He tenido un montón de desayunos llenos de fresas y energías con decenas de likes en Instagram. He pasado horas trabajando en la biblioteca, con un montón de rotuladores de color rosa y una motivación infinita. He subido unas cuantas selfies en las que salgo monísima, sonriendo como si no pudiese estar más encantada con la vida. En mis redes sociales no hay ni rastro del agotamiento que he sentido durante estos días, del agobio, de las lágrimas, de la sensación de no poder más. No ha sido algo consciente, en absoluto. Supongo que simplemente he interiorizado que nadie quiere ver actualizaciones hablando sobre el frío que tengo por fuera y por dentro, sobre lo cansada que me siento, sobre cómo quiero echarme a llorar cada vez que me enfrento a la montaña de papeles que tengo que analizar.

Imaginad hasta que punto es tóxico esto que hago -que hacemos-, que en ocasiones, me encuentro a mí misma culpabilizándome por no ser el personaje que muestro al mundo en mis redes sociales. Me encuentro diciéndome a mí misma que por qué no trabajo con mas ganas, o al menos con tantas ganas como finjo hacerlo en Instagram. Me culpabilizo por, a la hora de la realidad, ser incapaz de estar fresca como una rosa a las 7 de la mañana, trabajar horas y horas seguidas de modo productivo y sintiéndome motivada, comer sano, tener la casa limpia, cuidar mi aspecto, hacer deporte, tener una vida social activa, desmaquillarme por las noches y dormir ocho horas. Todo a la vez, claro.

Hoy ha salido el sol, y yo he tenido un buen día. He ido al centro de Maastricht a dar un paseo y he estado disfrutando del cielo azul mientras sacaba fotos y escuchaba Red, de Taylor Swift, en mis auriculares. Por primera vez en la semana, me he sentido relajada, feliz, disfrutando del momento. He aprovechado para pensar, para poner en perspectiva los últimos días, para tratar de poner en orden esa nube gris que ha sido esta semana. He pensado que tal vez no sea tan raro, eso de tener días malos. Que probablemente todos los tengamos, y simplemente no se lo contemos a nadie.También he pensado que no es del todo sano, eso de meterlos debajo de la alfombra. De acabar creyéndote que todo ha sido siempre tan perfecto como muestra tu muro de Facebook. Y he decidido escribir este post, a modo de recordatorio, para dejar constancia de que mi semana ha sido horrible, y de que la próxima vez que tenga un día malo, espero no culpabilizarme por ello.

 

(Hoy, además de Taylor, ha sonado esta canción. Y ha sido amor.)

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